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La gastronomía: un placer al servicio del cambio

Arranco este blog robándole a Carlo Petrini el título del capítulo con el que cierra un libro a cuatro manos, “Biodiversos” (Galaxia Gutenberg, 2016) con Stefano Mancuso, botánico italiano y unos de los divulgadores más influyentes del reino vegetal. Una lectura que os recomiendo, y que he podido saborear de manera intensa esos días en que la realidad nos ha paralizado y nos ha invitado a replantearnos la vida entera. 


Aunque en estos últimos tiempos, mis referentes han ido creciendo, sobre todo compartido con gente cercana que ayudan a que este compromiso por una gastronomía más (eco)lógica sea más solida y se haya transformado en una misión concreta y de vida, la verdad es que el impacto de la figura de Carlo Petrini consigue dejar huella, y ha sido de alguna manera, con su estilo directo y su claridad, el último eslabón para ver claro mi compromiso personal. 


Como en política, necesitamos alimentar pequeña estructura de referente con alguna/s que sirva como palanca para reafirmarnos, pero también dejando margen para la evolución personal y la propia del contexto que nos rodea. Ésta misma crisis del Covid-19 nos ha servido a algunos para eso: para reafirmarnos y todavía ver más claro aquel trabajo que, a nivel personal y profesional, llevamos tiempo desarrollando. 


Si cabe, ahora toca ser más talibán –aunque quizás no sea la descripción más adecuada, si la que puede ejemplificar una cierta radicalidad en la actitud y la acción–, porque no hay plan B para un planeta que nos avisa constantemente de sus heridas.


Como recuerdan Petrini y Mancuso, referenciando al poeta y agricultor norteamericano Wendell Berry, comer es un acto agrícola, a lo que el movimiento Slow Food y los que son sensibles a esta corriente de pensamiento, comer también se transforma inevitablemente en un acto ecológico y político.


Existe cada vez una responsabilidad más clara entre el acto de comer y cocinar: muchos de los efectos negativos del cambio climático van unidos precisamente a una política alimentaria dejada en manos de la industria y que deja datos tan dolorosos como que el 40% de la producción mundial de alimentos se desperdicia o como la biodiversidad de las plantas se ha reducido tanto, que el 60 % de las calorías que consume el mundo proviene solo de tres plantas (trigo, arroz y maíz). La crisis actual u otras de carácter alimentario provocadas por virus o bacterias a las que estamos expuestos en este mundo globalizado, ponen sobre la mesa la necesidad de esa biodiversidad y soberanía alimentaría, de las que hablaremos en el futuro.


Este espacio de alguna manera quiere ser un territorio de autoafirmación y de como, con la historia personal y de crecimiento, todos estos aspectos que vinculan gastronomía con compromiso político y personal, con una vida más sostenible, más coherente por este planeta que tenemos. Me gusta mucho recordar, en este sentido, la frase que se le atribuye a Eduardo Galeano: «Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo». 


Gente pequeña, como yo –disculpad que ejemplifique en mí–, en sitios como el Baix Llobregat / L’Hospitalet, haciendo pequeños gestos: alimentarme con productos de temporada y de proximidad, una acción que cada vez más gente está haciendo de manera natural. Ese pequeño gesto, sumado, ayuda a ese cambio de paradigma del que tanto habla Carlo Petrini: poder hablar con la persona que lleva una parada de frutas y verduras en el Mercado Municipal, en un Mercado de Pagès o de pequeños productores llena de vida y sentido ese alimento que pasará a ser protagonista de los platos forman parte de nuestra alimentación diaria. Hablar con esta persona conociendo la procedencia del producto y enfadarte cariñosamente con el paradista si esta verdura viene de demasiado lejos –nos hemos acostumbrado demasiado fácil a tener de todo, todo el tiempo–; si está a punto de acabar la temporada, si acaba de llegar como arranque de estación y quizás no está en su mejor momento… 


Ese pequeño gesto que se ha transformado en un cambio alimenticio que llena de sentido la acción: en mi caso, es el vegetarianismo, que ha venido para quedarse de una manera natural. Todavía me sorprendo pasando de largo cuando voy al mercado o a un súper, obviando elaborados o procesados de carne y pescado que antes consumía con normalidad. 


Ese pequeño gesto, ese cambio alimenticio en pequeños lugares, sumadas mis acciones a las que seguro muchos de vosotros habéis realizado antes del Covid-19 y que ahora estáis reforzando, cambia el mundo. Y aunque no lo veamos, gestos como el mío, como el de muchos de vosotros, se está replicando en el mundo occidental que, por desgracia, es el que tiene las claves para un cambio global: la producción de comida es la principal responsable de los daños medioambientales, de derechos laborales y de perdida de la biodiversidad que se produce en todos los rincones del mundo. Como recuerda Carlo Petrini en la conversación con Mancuso “la comida, medio ambiente y futuro se convierten en parte de un nudo conceptual que en este momento histórico tenemos el deber de deshacer o, cuando menos, conocer en toda su complejidad”. 


Seguidme si os apetece ir reflexionando sobre estos temas en los que os expondré mis pequeños descubrimientos personales de lecturas, reflexiones, experiencias, que espero que vayan sumando en esta necesidad inevitable de cambio.